El arrullo de los tres tenores
Montijo, 20 de abril de 2001
¡Qué lindo, entrañable y sentimental fue ver en televisión al presidente de China, Jiang Zemin, cantando a coro con Hugo Chavez y nuestro ínclito Julio Iglesias! La locutora no cabía en sí de gozo tal y como expresaba su sonrisa de oreja a oreja- al presentarnos a estos nuevos tres tenores debutando con motivo del paso de Zemin por las Canarias, de vuelta a la China milenaria que en el nuevo milenio sigue ejecutando ahora por lotes- a disidentes políticos y no tan políticos, con el beneplácito de la Comisión de Derechos Humanos de la ONU. Poco antes la risueña locutora nos había hablado de los niños esclavos, eso sí, ahora con rictus grave y severo, sin soltar prenda acerca del oficio y el escaso beneficio de estos niños, la mayoría de ellos fabricantes en China de productos consumidos a bajo precio en nuestro país y en otros que hacen el coro al nuevo Rey Midas de las grandes empresas de Occidente, quien poco antes de su charlotada a tres voces hubiera hablado por teléfono con ese rey que tenemos y del que la intelectualidad de pesebre con cargo a la función pública ahora nos dice que es un monarca republicano convencido de toda la vida, como si animados por las nuevas piruetas de la genética avanzada por fin nos atreviéramos a mezclar las churras con las merinas. Así es la realidad y así se la hemos contado, nos suele decir como despedida y para más rechifla de la audiencia la histriónica locutora, en una nueva versión del aforismo calderoniano La vida es sueño, (una sombra, una ficción), un motivo o sentencia que como Unamuno expresara es antiquísimo en nuestra cultura, iniciado en el Libro de Job y por Pindaro y continuado por Shakespeare y Calderón hasta llegar a los tiempos del telediario, emitido justo a esa hora en la que se contribuye de este modo tan eficaz a nuestra tan particular afición de la siesta o la modorra colectiva. Ante tanto acólito de la Escuela de Pinocho que nos invita a (tele)diario a asumir una concepción hipnológica de la vida, sólo cabe decir, como Segismundo: "Cielos, si es verdad que sueño/ suspendedme la memoria, que no es posible que quepan/ en un sueño tantas cosas".
Chema Álvarez.
Montijo
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