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Montijo, 6 de abril de 2006

A Rafael Díaz García; de Mario el Disléxico

Disléxico, liberal doctrinado, fascista, estúpido… Estoy muy acostumbrado a recibir ese tipo de improperios. Son gajes del oficio. Pero para alguien que considera la crítica social un elemento de vital importancia para mantener limpia y activa nuestra democracia, no es un problema a la hora de seguir escribiendo. Últimamente, bajo las premisas de el lenguaje políticamente correcto y la satanización de las revoluciones, se está socavando la esencia del discurso crítico tanto como disminuyendo su cadencia; por lo que yo creo que es bueno que hablemos sin cortapisas de los problemas que nos atañen. Pero contribuir al foro con cartas sin contenido constructivo, carentes de razonamientos, con un claro interés vejatorio, parece tarea prescindible en un debate que pretende buscar soluciones o denunciar hechos demostrables.

Cuando escribo lo hago bajo argumentos (ya sean correctos o equivocados) razonados, estudiados y documentados. ¿Qué si entendí su carta? Claro que la entendí. ¿Por qué cree usted que no la entendí? Esa pregunta me es más difícil de contestar. De hecho usted tampoco la contesta. Simplemente arremete contra mi persona sin explicar a los lectores el por qué se siente incomprendido.

Es por esa razón, y a riesgo de hacerme demasiado pesado, por la que le voy a explicar punto por punto por qué le contesté lo que le contesté en su anterior carta sobre los problemas de peso en la policía municipal:

Usted comienza diciendo _ y cito textualmente_ que mi crítica,” analizada con seriedad y profundidad y en términos adecuados sería interesante”.

En respuesta a ese primer párrafo, le aseguro que estoy siendo muy serio cuando expongo el problema de peso en la policía de Montijo, que impide a algunos agentes la simple tarea de acceder y salir con facilidad del coche de servicio. Hablo de un problema muy grabe, de personas que rozan la inutilidad funcional para muchas tareas que debería poder realizar sin problemas.

En su segundo párrafo trata usted de casposa y pueril mi demanda de exigir coherencia y responsabilidad a la hora de administrar los impuestos del pueblo; “de todo el pueblo”. Pero a usted lo que más parece molestarle es que considere al empleado publico receptor de dinero procedente de entes y empresas independientes del estado. Para argumentar su disgusto usted considera al empleado público generador vital de la riqueza global del estado. No dudo que eso sea cierto. Solo que en lo que se refiere a sus sueldos, puedo asegurarle con rotundidad que procede de la empresa privada. Aquí entra en juego la matemática básica y algunos mínimos conocimientos de gestión estatal. El funcionariado, como todos entenderán, no puede autofinanciar sus sueldos con los impuestos de su propio consumo y sus propias nóminas. Eso es matemáticamente imposible, por no decir algo más rudo. La riqueza de un país la genera la empresa; y en mayor medida la mediana y pequeña, que soportan más del 60% del la factura.

El empleado público, y vuelvo a repetir que no lo pongo en duda, tiene una labor vital para mantener el estado de derecho en correcto funcionamiento. Y es por eso que hay que cuidar su rendimiento. Pero su nómina la pagan las empresas privadas y los trabajadores de esas empresas. Son las cosas del capitalismo. La empresa financia al estado, que a su vez gestiona la correcta convivencia y equiparación de obligaciones para con el prójimo. A veces funciona mejor y otras peor. Pero aun no hemos inventado nada mejor. Este dato ni siquiera es cuestionable. Aunque no le culpo por discernir, si no por su forma de discernir.

En su tercer párrafo, donde le acuso de incurrir en difamación para con los autónomos, le redactará sus palabras para no venirnos a más equívocos:

“De lo declarado a lo ingresado va un abismo. Además, ese _ yo pago mis impuestos_ lleva la etiqueta de se le supone, ya que mientras que el policía se le aprecia la barriga bajo el uniforme, al contribuyente reprobador no se le exige para su acción garantía de cumplir con el fisco".

Esas son sus palabras. Unas palabras donde presupone y levanta sospechas de la honorabilidad de los autónomos y de las correctas cuentas con el fisco. Eso es difamación para con un grupo social enorme y de una importancia para el mantenimiento de las arcas estatales tan vital como el aire que usted respira.

Queda una cuestión más, donde usted habla de las condiciones necesarias para acceder al cuerpo de policía municipal. Asegura que el tiempo dota a los agentes de una experiencia que, parece ser, les exime de un, al menos, aceptable estado físico.
Es lógico que alguien con 60 años pierda capacidades y no pueda correr como un chico de 20. Pero por Dios. Yo no quiero llegar a esos extremos. Usted recurre a la demagogia para defender su postura. Yo estoy tratando un tema de auténtica dejadez funcional, que todos los ciudadanos pueden atestiguar. En Montijo hay agentes incapaces de correr 10 metros sin riesgo de sufrir un infarto. Y señor mío, no tienen 60 años. Ni siquiera 50. Pero como le digo, eso es lo de menos. Hablo de un problema auto-generado, que necesita de solución y que es perfectamente reprochable.

No se si he entendido bien su carta. Pero hágase una pregunta. ¿Y si es que usted no la redactó con corrección? Le digo más ¿Y si es usted quién tiene cierta disfunción disléxica y no ha comprendido mis razonamientos? Se que sobre la financiación del sueldo de los empleados públicos, que he podido entender es lo que más le molesta, se podría hacer un análisis mucho más complejo. Pero entienda que necesitaría un espacio enorme y lectores interesados en tragarse el discurso. Disculpe si bajo mi humilde opinión he intentado colocar a cada cual en su lugar en el organigrama social. Pero las cosas son como son y cada uno tiene su labor. Ninguno somos más que otros, solo que hay que exigirle a cada cual que cumpla con sus responsabilidades. De hecho, el estado, gestionado por empleados públicos, nos exigen a los independientes autónomos actuar dentro de la ley. Tenemos inspecciones, controles, reclamaciones… Y nunca se me a ocurrido decir que estuviera mal. O gritar indignado que quién son los funcionarios para controlarme a mí. No señor mío. A mi no se me ocurriría algo a si no en sueños.

Si usted considera que sigo sin entenderle, por favor, hágamelo saber. Le aseguro que no me molestará.

Mario López Sánchez
Montijo



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