Moritos Por lo que sé, Abdel llegó a España procedente de Marruecos hace ya más de 20 años. Se puede decir que pertenece a una de las primeras generaciones de inmigrantes, de las que arribaron a nuestro país cuando todavía no existía norma alguna sobre el fenómeno de la inmigración. Después, a partir del año 85, vendrían la conocida Ley de Extranjería y los acuerdos de Schengen, y las cosas comenzaron a torcerse para quienes aún aspiraban a cruzar el puente de la Península Ibérica hacia destinos europeos más afortunados, en busca no sólo de trabajo y dinero sino también de dignidad y calidad de vida. Abdel, sin embargo, decidió no continuar su viaje y asentar sus reales en este país donde, desde entonces, la vida no le ha ido mal. En los primeros años se dedicó a los trabajos típicos de los temporeros relacionados con el campo, oficio que alternaba en época estival con la venta ambulante paseando su mercadería de feria en feria por el litoral levantino. Después las cosas fueron prosperando y, ya conseguido el estatuto de residente, estableció su domicilio durante largos períodos de tiempo en un pueblo del norte de Cáceres. Más tarde la fortuna quiso que se enamorara de una chica española y que esta le correspondiera, trasladándose ambos a vivir al pueblo de ella, más hacia el sur de Extremadura, donde ya va para años que mantienen abierta una tienda de las que en tiempos de la peseta se llamaban de 20 duros y que, afortunadamente también, cuenta hoy día con una asidua clientela a la que le gusta internarse por estrechos pasillos de estanterías colmadas de variopintos cachivaches destinados a los más variados usos.
Montijo, 7 de enero de 2004
Todo ello nos llevaría a pensar que la integración de Abdel en la denominada sociedad de acogida se ha completado con éxito y su aceptación por el resto de sus conciudadanos parecería excluir a primera vista cualquier tipo de rechazo. Sin embargo, aunque Abdel y su esposa no hayan sido en los últimos años motivo de noticia en los medios de comunicación porque nadie haya intentado quemar su tienda o apalearles, sí han sufrido a veces la afrenta del más puro y evidente racismo, porque el racismo a veces asume múltiples formas, algunas casi imperceptibles para el común de las gentes y, en consecuencia, aceptadas como normales en las relaciones con personas que provienen de otros lugares.
Uno de los ropajes que viste este racismo de múltiples caras es el de la humillación que suscitan ciertas palabras y la indolencia de quien las pronuncia. Abdel y su esposa sufrieron este último ataque verbal hace escasos días. Ambos se encontraban muy atareados despachando en el mostrador de su tienda, abarrotada de gente con esto de las fiestas y las compras navideñas. Fue entonces cuando una voz, y sobre todo una palabra, se alzó estentórea sobre el murmullo general que levantaba el quehacer de las compras. Una mujer de cierta edad, desde dentro de la tienda, llamó a otra más joven que pasaba por la puerta, a voces, sin el menor recato, con la indiferencia y el desdén que acompañan la ignorancia, espetándole bien alto y claro: ¡Espera, hija, que estoy aquí, donde los moros!.
Abdel, con una mirada de resignación, pero ni acostumbrado ni ajeno a la palabra que tantas veces había oído en su condición de extranjero de tez morena originario de Marruecos, continuó con su tarea de atender, cobrar y envolver. Su pareja, con la certidumbre de quien se sabe usufructuaria de su nacionalidad y de los derechos que la amparan, sólo se limitó seguramente por educación ante tan deslenguada clienta- a lanzarle una enojosa mirada y un leve cabeceo de reconvención, gestos que pasaron desapercibidos para quien sin duda no había sido capaz de percatarse de que hay palabras que hieren como dardos envenenados.
La palabra Moro utilizada para nombrar a todo quisque que suponemos originario de África o creyente musulmán se ha extendido en el habla del hispanoparlante como un reguero de pólvora. Quien dice no hacer un uso ofensivo de esta palabra utiliza a veces, compasivamente, el diminutivo morito, cada vez de uso más frecuente y asumido como normal en contextos escolares, como si de un apelativo cariñoso se tratara pero con una carga semántica que revela a las claras un paternalismo no exento de cierto matiz de superioridad del hablante que, a su vez, expresa lástima y conmiseración por el prójimo, cuyo mal reside en el hecho de ser extranjero. Este adjetivo, que tiene más de calificativo que de gentilicio y que determina a todo aquel o aquella que provenga de África o profese la religión del Islam (no por el hecho de que así sea realmente, sino por la suposición que hacemos de que así debe de ser, incitados en nuestra creencia por indicios tan superficiales como el color de la piel, el acento del idioma o el estilo de la vestimenta), arrastra a través de la historia de España siglos de miedos y de prejuicios no superados. Las cruzadas, la reconquista cristiana de Al Ándalus, la amenaza otomana a Europa, las guerras entre Marruecos y España, el nacionalismo árabe y, actualmente, el integrismo musulmán nutren la memoria colectiva de un Occidente interesado en mantener el dualismo antagonista entre cristianos y musulmanes. En definitiva y como ya se ha dicho, tras la Guerra Fría el enemigo rojo del comunismo es sustituido por el enemigo verde del Islam, del cual se nos advierte que nos amenaza a través de fenómenos como la inmigración, a pesar de que hoy día a escala global esta inmigración es diez veces menor que a principios del siglo XX. Ni siquiera el mismo Diccionario de la Real Academia Española, ajeno al injurioso empleo coloquial que el hablante pueda hacer de este vocablo, da una definición adecuada de esta palabra hasta llegar a su sexta acepción (utilizo la vigésimo segunda edición y, en honor a la insigne filóloga, hay que decir que el diccionario de María Moliner da un definición mucho más acertada). Mora, étnicamente hablando, es buena parte de la población de Mauritania, descendiente de los creadores del Imperio Almorávide en la Edad Media. Con el nombre genérico de moros se conocía también a los pastores nómadas del noroeste de África, el resultado de un mestizaje de árabes, beréberes y otros pueblos, así como a algunos pobladores de Filipinas. Palabras como inmigrante, extranjero y otras de carácter mucho más afrentoso con las que el autóctono terruñero suele nombrar a estas personas, tales como Mohamed, Mustafá y otras por el estilo, despersonalizan y vuelven invisibles a quienes tienen nombres y apellidos y se ahogan a diario en aguas territoriales españolas, que aunque no lo queramos ver es como si murieran en las mismas carreteras de este país, haciendo del Mediterráneo una inmensa tumba sumergida de nombres desconocidos y olvidados.
El uso que hacemos del lenguaje condiciona nuestro pensamiento, orienta nuestras percepciones y supedita nuestras actitudes a un comportamiento predeterminado. Sin caer en un purismo acendrado y pedante, tal vez vaya siendo hora de que hablemos con propiedad o descarguemos ciertas palabras de sus connotaciones racistas. La lengua española es lo suficientemente rica y variada como para definir el origen patrio o cultural de Abdel y de otros inmigrantes sin necesidad de ofender a nadie por razón de procedencia. Ojalá cada vez que alguien hablara de un morito fuera, como define el Diccionario, únicamente para referirse al ave paseriforme, poco mayor que una paloma, de pico muy largo, corvo y grueso en la punta, plumaje castaño en la cabeza, garganta y pecho, y verde brillante con reflejos cobrizos en las alas, dorso y cola; patas largas, verdosas y dedos y uñas muy delgados.
Chema Álvarez
Montijo
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