Por meramente gitanos En la noche del miércoles 30 de julio de 1749 y durante los días posteriores, más de 9.000 gitanos españoles hombres, mujeres y niños sin distinción de edad- fueron apresados con ayuda del ejército y enviados a sufrir prisión y tormento en galeras, arsenales, y presidios. Su único delito, tal y como atestiguan informes de la época, por ser "meramente gitanos".
Montijo, 30 de julio de 2003
La medida respondía a un plan meticulosamente ideado por el entonces Secretario de la Guerra, el marqués de la Ensenada, y el gobernador del Consejo de Castilla, el obispo de Oviedo Gaspar Vázquez Tablada. Ya en 1745, bajo el reinado de Felipe V y con Ensenada en el poder, una Real Cédula señala como aplicable la pena de muerte para los gitanos que sean sorprendidos "fuera de los términos de su vecindario", indicando que "sea lícito hacer sobre ellos armas y quitarlos la vida", lo cual demuestra que la "solución final" ahora sancionada por Fernando VI e iniciada con la razia del 30 de julio se gestó mucho antes a modo de genocidio planificado en las altas instancias del poder. Para ello fue preciso contar con la anuencia y el visto bueno de la Iglesia (a excepción de voces en contra como la del vicario de Sevilla y algunos curas a título individual), cuya Santa Sede consintió en 1747 que los gitanos fueran excluidos del derecho al refugio y al asilo en sagrado que todo perseguido tenía, así como con el beneficio prometido a corregidores, justicias, oficiales y simples paisanos que participaron en las persecuciones, quienes se vieron recompensados apropiándose de las pertenencias que fueron vendidas en pública subasta de los apresados (tierras, ganado, aperos y viviendas).
El resultado final fue el de más de 12.000 gitanos presos de ambos sexos y de todas las edades. Muchos de ellos llevaban ya afincados en un mismo vecindario varias generaciones y desarrollaban oficios estables, tales como albéitares, herreros, trujaleros de aceite, panaderos y carpinteros. Los hombres mayores de 12 años fueron enviados en su mayoría a los arsenales de Cádiz, Cartagena y Ferrol, mientras que las mujeres, junto a los niños, fueron confinadas en "depósitos" de Sevilla, Zaragoza y Valencia, con la obligación de trabajar para costear su propio presidio. Como señala Antonio Gómez Alfaro (La gran redada de gitanos), al objetivo textualmente expresado de lograr la "extinción" de esta comunidad se unía el muy pragmático de explotar a los gitanos y a las gitanas en régimen de semiesclavitud, a los primeros mediante su trabajo en las obras portuarias de la marina de guerra de Fernando VI, a las segundas mediante su trabajo en fábricas. Sin embargo, la resistencia de estas últimas y la desobediencia del conjunto de la comunidad gitana a colaborar en su prisión, mediante fugas, motines y continuas protestas, unido al hecho de que comenzaron a hacerse oír incluso voces no gitanas contra la medida, obligó a este ministro no tan ilustrado a dar marcha atrás a su proyecto de exterminio, argumentando no saber qué destino dar a tanto gitano preso e incluso barajando aún la posibilidad de deportarlos a América. No obstante, a pesar de que el 28 de octubre de 1749 se dicta una primera Instrucción liberalizadora que pretende aún la extinción, dado que procura evitar la procreación liberando únicamente a "viejos, impedidos y viudas", no será hasta el 16 de junio de 1763 cuando se decrete un indulto general ordenado por Carlos III que tardaría en aplicarse debido, principalmente y como afirma Manuel Martín, "a la acidia y apicarada rapacería del aparato burocrático, así como a la renuencia a cumplir las disposiciones por parte de los fiscales". Tanto es así, que hasta 1766, 17 años después de la noche del 30 de julio, no volvieron a sus hogares los últimos gitanos presos y supervivientes, la mayoría de ellos desmembrados y arruinados, dándose el caso de jóvenes que habían vivido prácticamente toda su vida en prisión.
Son muchas y muy variopintas las leyes que han pretendido a lo largo de la historia de España acabar tanto con la cultura como con la misma existencia del pueblo gitano, a pesar de que hay constancia de que éste se encuentra presente en la península Ibérica desde inicios del siglo XV, mucho antes de que se conformara como tal el Estado Español con la unión de Castilla y Aragón. Unido a la intención de acabar con su peculiar forma de vestir y costumbres destaca el propósito de hacer desaparecer su lengua materna, el romanó, hoy día superviviente en expresiones del caló. Persecuciones, torturas, deportaciones y presidios no han conseguido hacer lo que se hizo con judíos, conversos y moriscos. Hoy día la ciudadanía gitana es reconocida como española de pleno derecho en el conjunto de la nación española, si bien continúa siendo según los acostumbrados sondeos sobre el racismo de los españoles-, la etnia socialmente más rechazada. El desconocimiento de la mayoría paya sobre la historia y la idiosincrasia de los gitanos sigue girando en torno a una serie de prejuicios y estereotipos que se reproducen por generaciones y que identifica al conjunto de ciudadanos gitanos con un grupo homogéneo (a pesar de su diversidad), a la vez que interpreta erróneamente las acciones antisociales de individuos concretos como rasgos típicos de su comunidad, gracias en la mayoría de las ocasiones a la propaganda de algunos medios de comunicación pocos sensibilizados con la cuestión. Destaca el hecho de que la historiografía sigue siendo renuente a estudiar o expresar las aportaciones de esta comunidad al conjunto de la sociedad española. Los recientes volúmenes publicados de Historia de España apenas mencionan las atribulaciones y contribución cultural o lingüística de esta etnia, hasta el punto de que es difícil encontrar manuales acerca del tema en las bibliotecas públicas o escolares, como sucede con los libros de Bernard Leblon, Antonio Gómez Alfaro o Teresa San Román, por citar algunos de los muchos historiadores, antropólogos o sociólogos (gitanos y no gitanos) que la han estudiado. La secular heterofobia y el recelo de una sociedad mayoritaria que sigue creyendo que no es racista por el hecho de que permite la convivencia multicultural en un mismo espacio geográfico contrasta con el espíritu de fomento de la interculturalidad expresados en leyes educativas como la extinta LOGSE. Quien esto escribe ha presenciado la deserción de profesionales de la educación en reuniones donde el tema a tratar era la inclusión de la historia y cultura gitana en el currículo escolar, bajo el pretexto de que "son ellos los que no se quieren integrar" y con la argumentación de que a un alumno o alumna gitana no le interesa la escuela por el simple hecho de pertenecer a esta etnia, a pesar de que hay también que destacar la labor de quienes miran por hacer de la igualdad de oportunidades un ejemplo a seguir.
A pesar de su progresiva sedentarización, los gitanos no han dejado de ser perseguidos. Como pueblo sin territorio y culturalmente nómada, los gitanos europeos no son bien recibidos en los diversos Estados que, paradójicamente, tratan de convertirse en estructuras supranacionales mediante la eliminación de sus fronteras, algo sobre lo que el conjunto de la etnia gitana europea tendría mucho que decir por llevarlo practicando saludablemente durante muchos siglos. En la memoria queda el genocidio practicado contra más de medio millón de gitanos durante la Segunda Guerra Mundial. Los gitanos rumanos y rumanas que encontramos en nuestras calles sufrieron hasta mediados del siglo XIX la esclavitud en su propio país. A su condición de gitanos se suma la de extranjeros pobres, con lo que supone de rechazo en un Estado como el español en el que, al igual que se hiciera con la primara Pragmática dictada en Madrid en 1499 por los Reyes Católicos, se aplica una Ley de Extranjería que les criminaliza y excluye de derechos fundamentales por el hecho de ser "meramente inmigrantes". Es de temer que mientras no haya una retribución tanto histórica como en otros órdenes políticos, sociales, económicos y culturales, aún no verá el día aquella noche de los cristales rotos y luto gitano que fue el 30 de julio de 1749.
Post scriptum:
En la sección infantil y juvenil de la Biblioteca Pública de Montijo hay un libro para niños y niñas cuyo título es "Ostelinda" que propone un acercamiento y mejor conocimiento de la cultura y vida gitana. Una buena lectura para iniciar un sano acercamiento.
Chema Álvarez
Montijo
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