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Montijo, 23 de marzo de 2006

Química entre mujeres

"Sólo las ollas saben los hervores de su caldo, pero yo adivino los tuyos”. Me detengo con las niñas a preparar el escenario de la cocina. A esta faceta la llamo “química entre mujeres”. Es una especie de ritual para las vísperas de los grandes días. No cocinamos, precisamente, sino que elaboramos, añadiendo cierta delicadeza como ingrediente fundamental, los platos más ensayados y de los que mejor conocemos paso a paso su sazón. Se llenará la mesa con pinceladas de la huerta; las carnes y clavos, cominos, laurel, pimienta negra y el vapor penetrante hacia el gusto; el color suave de la leche y el huevo,la canela, la cáscara de naranja, el caramelo tostadito, de azúcar.

Disfruto mirándolas y se me antoja que les falta saber tejer una charla, las nenas son todavía pequeñas para deshilar una madeja de conversación.

Se empieza por la mínima hebra y de anécdota en anécdota se engrosa el huso, se deja preparada una tela fuerte para la desilusión, un asidero para la vida, una red para obtener recompensas.

Otras cocinas, otros tiempos... y desenredábamos, como las hilanderas, el último secreto del elixir de las pequeñas cosas, ese camino hacia la felicidad.

Otras veces hay que el ritual no es pisar la cocina. Tengo yo el recuerdo un rincón con noria y piscina y el nogal, el membrillero,el granado, un almendro de vidas, y el calor del medio día y ella dice su frase “cuéntame cómo estás”.Para entrar a este Edén, el cerrojo está descorrido, no hay que aporrear la puerta, se abre como una pequeña espera para que la veas aparecer a ella al final del pasillo. Curioso: casi nunca mediamos palabra, lo primero, sentirse con un abrazo.

Pasamos un pórtico de Gloria, angelitos de manos de distintos artistas y antes de sentarse, como cuño eterno de la mirada de su artífice, la presencia de una menina sobre la chimenea. Sé que es un sello de identidad, no me preguntes por qué.

Decía , ahora viene el tortuoso camino del hilo de Ariadna por el Laberinto, desenredar el dolor en hilachas, casi vendas. Una sabe que no ha salido airosa en su encuentro con el minotauro. Viene desposeída de su integridad, desgreñada acaso, desgajada en dudas . ¿Será que se encuentra, mimetizada con el minotauro de Picasso, o destilando gritos como espadas de la mujer del Guernica?

A estas alturas de mis palabras sabed que ya hay tres mujeres, una durmiente por el dolor y las otras dos desentrañando el oráculo de los dioses acerca de sus soledades, de su amores, de sus perdiciones. Recordarán que les queda la obligación de renovarse como aves Fénix. ¿ Se librarán del castigo de Tántalo ( ¡La pitia anuncia que las yemas de los dedos estarán condenadas a no tocar un ápice de placer!)? ¿Qué se hará de la gran piedra de cada día que lleva Sísifo?

Tres mujeres se repiten en ese ritual de la conversación para hacer transparentes su miserias,¿ sus pocos logros?, sus abismos. En el tiempo que llevo con ellas olfateo “los hervores de sus caldos” sin pisar la cocina. Ponemos otras veces un café y el tabaco, un dulzor en los labios de champán, de licor. El ritual es mágico, entregas tu corazón a tus zurcidoras de sueños, y ya vienes cosida.

Hay veces que en un raudo tocar en la puerta te lanza a un abrazo, bocanada de aire fresco, esto va sanando.

Carmen Ávila Navia
Montijo



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